Recé.
No una, varias veces. Primero, porque en el último colegio que entré a laburar, a las 12 sonaba una campana y rezaban el Angelus. Segundo, porque empecé a creer en el mal. Sí, el mal. Como entidad metafísica, digamos. Es complicado de explicar, y quizás imposible, porque no es algo que entendí, es algo que experimenté. El mal habita esta tierra, atraviesa ciertos cuerpos y voluntades, el mal como voluntad que destruye, como fuerza de destrucción.
No es que eso me haya convertido en creyente, y recé como siguiendo un ritual en cuyos componentes no creo. Pero recé porque supe que el mal existe, y me dio miedo saberme completamente indefensa.
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