jueves, 14 de mayo de 2015

Me había olvidado que tenía un blog. Qué bueno que me acordé.

Me costó recordar la dirección. Lo logré. Qué bien leer todo esto. Entenderme. Ver el germen de cosas por venir, ver el fin de otras,  entender que lo importante quizás no era lo que estaba en primer plano, lo que pasaba por detrás hoy quizás tiene un lugar importante y, ponele, el pibito fue.

Me enteré, porque la vi a mamá, que mi abuela también usó el suicidio como arma de manipulación. Se hereda, se ve. El significante muerte que me recorre, con pasión. El cansancio porque la pelea fue siempre, desde que nací, poder tener ganas de vivir.

Papá me contó que mamá tuvo depresión postparto. Qué él venía a ver cómo estaba yo de bebé, se escapaba de la oficina, y venía a verme. Y siempre, a pesar de su violencia, sentí su incondicionalidad. Mi aliado desde la cuna. Y siempre, también, debo haber sentido el desgarro del rechazo de mamá. Su desamor.

Y heredé su ansiedad y su angustia y su tendencia a victimizarse. Pero lo estoy trabajando.

viernes, 25 de abril de 2014





Ahora pienso que lo de ayer era mentira
viniste medio en pedo de misa
y dijiste que la hostia se parece mucho al pan.

 Mi papá una vez, en pleno éxtasis religioso, me pidió que rezara un Ave María
para salvar su alma y la de mi abuela.
Yo no creía en Dios ni en la Virgen
pero creía en su dolor
y recé.

 Recé fuerte y mucho aquel día, recé casi con convicción.
Hoy pienso que no existe el destino ni la salvación
Pero veo los ojos de papá, verdes, acuosos y perdidos
y lamento no haber podido creer nunca en el perdón.

lunes, 14 de octubre de 2013

el problema es salir de la anestesia

Quizás no sea casual (con este frenesí, con este empacho de lectura de Levrero, descarto la posibilidad misma de que exista la causalidad) que en el segundo en que se abre la ventana para escribir un nuevo post me llegue un mail, que leo en el celular, de una alumna del taller literario que doy, un mail incomprensible, que no puedo asociar a nada, y que pareciera estar firmado, o dedicado, a un "Charly"; Charly: sobrenombre que le pusimos irónicamente a papá de chicas, ese señor violento y tan formal al que le duele tanto vivir y que siento que jamás podría retratar mejor que lo hace Levrero respecto de sí mismo en La novela luminosa.

Quizás debería entonces pasar a hablar de eso, de este duelo que parece que estoy haciendo y, evidentemente sí, porque apenas empiezo esta oración me largo a llorar. Entonces no voy a hablar de mi ex (al que me debato si llamar o no llamar, al que ayer, mientras me bañaba e intentaba imaginarme una familia feliz, en la que yo ocupara un rol adulto, y me imaginé a mis hijos y les dije "vayan a buscar a papá" y se me vino su cara, la cara de mi ex, sonriente, y supe que todavía me une una intensidad que no pude desintegrar, por dentro). Y ahora que escribo esto pienso que tampoco es casual, que lo vi como el padre, y que acá hablo del padre, mientras escucho la nueva canción de Fiona Apple que termina y entiendo: tampoco es causal. Podré tener 16 años para siempre cada vez que escuche a Fiona y recuerde ese día que faltó un profesor y todo el curso se puso en ronda, a hablar y reír, y yo angustiada recuerdo me quedé fuera del círculo, con mi walkman, escuchando a Fiona frustrada por no poder dejar de lado un rato el dolor y unirme al grupo.

Y ahora entiendo, ahora que mi nueva psicóloga habla de "mecanismos" y habla de su funcionamiento, y de cómo lo que te salva se convierte en tu prisión, y leo a Levrero y veo la misma comprensión:

"Y estas adicciones que me perturban actualmente no son otra cosa que adicciones al estado de trance; un medio de abreviar el tiempo, de que el tiempo pase sin que yo sienta dolor. Pero así también es cómo se me va la vida, cómo mi tiempo de vida se transforma en tiempo de nada, un tiempo cero".

Hace como un mes que no veo a papá, pero creo que van dos desde que dejé de hacer religiosamente mi visita semanal. Al principio, no me daba cuenta. Un día, en terapia, dije en voz alta que me estaba costando ver a papá. Solo cuando lo dije tomé consciencia de que eso me estaba pasando.

Siempre fui melodramática y jamás, pero jamás, desperdicié ocasión de exhibir mi dolor ante la cara de quien sea que se me cruzase en el camino. Recién con los intentos de suicidio de madre y hermana menor hace dos años eso cambió. Pensé que se trataba de una estrategia de supervivencia, que sin lugar en donde vivir, sin trabajo, no tenía el lujo de mostrarme destrozada. Ahora me doy cuenta de que, en realidad, estoy anestesiada, que eso que pasó hace dos años me hizo cambiar para siempre y hoy el dolor no se siente (noto mientras tipeo que uso un impersonal, no "se siente", en vez de "no lo siento". Bueno.) Y que solo me acompaña el dolor del duelo de mi ex, que pareciera que no termino de hacer, y el dolor de estar sola y tener tantos anhelos de estar enamorada.

El otro día soñé que estaba con mis compañeros de la secundaria en una suerte de fiesta. Estaba papá, que me preguntaba cuándo habíamos estado de novios. Yo me paralizaba de espanto, no podía creer que todos estaban escuchando esa aberración incestuosa y, también, me daba lástima que él se hubiera creído ese noviazgo falso, que solo existió para hacerlo sentir mejor.

Dos semanas después, papá me llamó. No esuché el celular y ví que tenía un mensaje de voz. Era él, que cantaba un bolero, algo que decía te extraño.

Es curioso como, si yo leyera esto, si no fuera yo, todo me parecería evidente y simple, pero de adentro es tan difícil de ver y de desenredar. Mi hermana me dice que no entiende cómo durante estos 28 años de vida le he dado tanta importancia a la palabra de papá, que siempre fue como un gran sabio para mí. Papá: el que me fajaba de nena, el que no podía salir de casa sin mí hace unos años. Me dejó perpleja.

sábado, 12 de octubre de 2013

tan perdida como siempre en un mundo bastante habitual

Si tuviera que elegir 3 cosas para agradecer el día de hoy, diría:

- Sofi
- los momentos de calma en los que puedo leer
- haber sobrevivido la infancia y la adolescencia

Me desperté a las 16 hs y 6 hs después, sigo dando vueltas. Mi propósito: terminar hoy una ponencia. El estado de la cuestión: no abrí Word en todo el día.

Fue una semana signada por un dicho letal de mi nueva psicóloga. El problema verdadero sería entonces no Edipo y papá, sino que me estoy conviertiendo en mamá. La encrucijada imposible: si sigo así de insatisfecha tengo que asumirme ella, lo que sería el horror de horror considerando que mi progenitora es un súcubo de infelicidad perpetua e inmovilidad. Una cachetada imposible de ignorar.

Elijo la felicidad, aunque sea artificial.

viernes, 20 de septiembre de 2013

mejor mejor mejor

Mejor.

Vino Lalita y me cocinó y hablamos y sí, P. tiene razón: "tu problema es un demasiado inflado super yo, estás demasiado pendiente de vos misma".

Un yo disociado y cuando estoy mal me siento en la secundaria todavía, todavía perpleja. Pero tengo casi treinta, treinta, qué raro que suena. Una adolescente empedernida, aburrida, negligente, egocéntrica. Pero algo de mí me fascina y no sé qué es pero una percepción distinta, una aceptación y resignación distinta me parecería estar muerta en vida.

No sé, ya no soy la que era. Miento. O no lo creo. Pero no estoy sola y, por lo general, he aceptado la vida.

Quizás deba dejar el Diario de Pizarnik para otro momento. No sé.

¿O será que la higiene laboral funciona?

Dormí una siesta en la que tuve un sueño erótico placentero con un ex compañero de laburo que aborrezco, que me da rechazo y jamás le encontré algo seductor. También eso me dejó perpleja.